Carta Pastoral | No. 1


DIÓCESIS DEL CARMEN
ADMINISTRACIÓN APOSTÓLICA

Carta Pastoral con motivo de la Ordenación Diaconal
IV Domingo de Cuaresma Laetare
 


"Como Jesús sabía que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofaina, y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había puesto a la cintura." (Jn 13)


A mis queridos hijos
Leonardo Juárez y Samuel Cedeño

Paz y bien en el Señor.

Queridos hijos, hoy la Iglesia celebra el IV Domingo de Cuaresma, el domingo Laetare, el domingo de la alegría en medio del camino penitencial. Y no es casualidad que sea precisamente hoy cuando ustedes reciben el Sagrado Orden del Diaconado. La Iglesia, que camina hacia la Pascua, se alegra también al ver que el Señor sigue llamando y que ustedes han respondido con generosidad.

Hoy comienza para ustedes una etapa nueva. Hasta ahora han sido seminaristas, hombres en formación, hombres que se preparaban. A partir de hoy serán diáconos de la Iglesia, servidores del altar, de la Palabra y de la caridad. Y esa palabra, servidor, es la clave para comprender lo que hoy reciben.

El diácono no es alguien que recibe un honor.
El diácono recibe una misión.

Cristo mismo lo enseñó cuando dijo: “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”. Y esa es la espiritualidad del diaconado: servir. Servir en el altar cuando asisten al sacrificio eucarístico, servir cuando proclaman el Evangelio, servir cuando acompañan al pueblo de Dios, y servir especialmente cuando se acercan a quienes más necesitan la presencia de la Iglesia.

Queridos hijos, recuerden siempre que el ministerio que hoy reciben no es de ustedes, es de Cristo. La Iglesia les confía una participación real en el sacramento del Orden, para que a través de su vida el pueblo pueda encontrar al Señor.

Pero permítanme decirles algo más, como padre y como pastor.

El diaconado que hoy reciben no es el final del camino. Es un paso. Es una etapa. Es el momento en el que la Iglesia los coloca ya dentro del ministerio ordenado para que aprendan, vivan y profundicen aquello que pronto deberán asumir con mayor plenitud.

Porque el sacerdocio está cerca.

Por eso este tiempo como diáconos debe ser vivido con mucha seriedad y con mucha humildad. Aprovechen cada celebración, cada servicio, cada momento en el altar para aprender. Escuchen, observen, pregúntense siempre cómo pueden servir mejor al Señor y a su Iglesia.

Sean hombres de oración. Sin oración el ministerio se vuelve vacío. Sean hombres de caridad. Sin caridad el ministerio se vuelve duro. Y sean hombres de comunión, porque el clero no está hecho para competir ni para dividir, sino para caminar juntos como hermanos.

No olviden tampoco algo muy importante: el pueblo de Dios mira a sus ministros. A veces los miran más de lo que imaginamos. Por eso su vida debe ser siempre testimonio. No perfección absoluta (porque somos humanos), pero sí una vida que muestre que vale la pena seguir a Cristo.

Queridos Leonardo y Samuel, hoy la Iglesia se alegra por ustedes. Yo también me alegro profundamente al ver cómo el Señor sigue levantando servidores para su pueblo.

Caminen con humildad. Sirvan con alegría. Y nunca olviden que el ministerio que hoy reciben es un don inmenso que debe vivirse con fidelidad todos los días.

Que la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes y de los servidores de la Iglesia, los acompañe siempre en este camino.

Y que el Señor, que comenzó en ustedes esta obra buena, la lleve a su plenitud.

Con afecto de padre y pastor,

Mons. Elías Tapia
Nuncio Apostólico y Administrador Apostólico
Diócesis del Carmen


Dado en la Sede de la Administración Apostólica del Carmen,
en el IV Domingo de Cuaresma, Domingo Laetare,
Año del Señor 2026.

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